Lo primero que pensé cuando lo vi fue: "mierda".
Yo estaba releyendo el capítulo 18 de Rayuela. Con este libro me he visto en la necesidad de desarrollar un método de lectura que nunca había usado: leo un capítulo, leo el siguiente, leo el anterior, tiro dos para alante y sigo y así sucesivamente, hasta que me doy cuenta de que no me he enterado bien. Pensé que el tren me proporcionaría el clima ideal para enfrentarme a ese Horacio buscando esa unidad, que a lo mejor dejaría de parecerme tonto de puro listo, me cuesta soportarlo, pero ya hablaré del libro y expondré mi humilde opinión (que se podría resumir en que Cortazar es un genio, y esas espirales de palabras que crea, cuántos rodeos, juega a los círculos, a que te enteres en cualquier curva de algo que no se puede explicar en líneas rectas. Es brillante).

Pues bien, tenía yo mi libro y mi lápiz para subrayar todas las palabras que no me sé y que son muchas, nueve horas de viaje, una manzana y un café cortado descafeinado de sobre con leche caliente sin azúcar y apareció el moreno diciéndome que a él le tocaba la ventana.

Hay cosas que me repatean mucho y que me intenten quitar con una sonrisa de mi asiento pegadito a la ventana, por muchas cosas que diga el ticket, estaría en mi lista de "cosas que odio bastante", en la que también se incluye, arriba en el ranking, la palabra "planilla" (una de las preferidas de mi jefe). Yo siempre me siento al lado de la ventana y si me quitan mi ventana ya no estoy viajando, ya sólo estoy aburrida y en un pasillo y veo pies y caras y gente fea y rara y que va a mear chocándose con todo y con todos y sacan sus bocadillos de chorizo o de butifarra y su cuchillo y el melocotón. Mi ventana no me la quitan. Así que opté por darle pena. Lo sé, le dije, pero me noto mareada y pensé que aquí estaría mejor. Solucionado. (Ahí es donde yo me río como por dentro).

El moreno me parecía de estas personas que creen que deben mantener una conversación contigo sólo porque su asiento está al lado. Se le veían ya las ganas de contarle a alguien que el invierno estaba tardando mucho en llegar y que iba a ver a su novia del pueblo (esto lo supuse yo al verlo), así que como el detalle de la ventana no me había gustado, y el muchacho estaba de muy buen ver (y siempre que coincido con un tío bueno opto por ignorarlo) seguí leyendo. No le iba a dirigir la palabra en todo el trayecto, porque para chula, yo. Pero me habló, y cómo iba yo a ignorarlo o a hacer como que no lo había oído (ya no podía fingir que era sorda) cuando tenía su cara hacia a mí esperando una respuesta. ¿Te gusta leer?, me preguntó, y como una pregunta obvia se merece una respuesta más obvia aún le dije: Sí. ¿Y qué lees? Me pareció estar en el programa de Canal Sur donde van unos niños y el presentador tan gracioso y tan alto les hace preguntas que se pueden responder con monosílabos o con dos palabras a lo sumo, del tipo ¿te gusta el cole? ¿tienes muchos amiguitos?. Pues estoy leyendo un libro de un tal Cortázar, no está mal, le dije. ¿Rayuela?, me preguntó. Sí, ése, ¿lo has leído?. Varias veces, me dijo. Yo ahí dejé de hablarle y me puse a mirar por la ventana. Quería ignorarlo, por estar bueno, joder, porque si estás bueno, yo directamente asumo que eres o muy corto o muy listo y yo no estoy para muys. Quería leer, mi tren, mis cosas, mi que me voy, mi qué más da, mi tostada de aceite con tomate al llegar, mis mechas nuevas al irme, mis mis.

¿A dónde vas? Me dijo.
Yo seguí mirando por la ventana. Ni caso.
¿Vas a algún lado?, volvió a decir... No era su interés lo que estaba hablando, sino su desconcierto.
Claro, le dije, claro que voy a algún sitio, me he gastado cien euros en el billete.
Vaya, oye, ¿te apetece ir a la cafetería?, me preguntó.

Joder, pensé, ¿por qué a mí? Quería decirle lo siguiente: no quiero que me cuentes tu vida, ni a dónde vas, ni por qué, ni si lees mucho o poco. No me apetece hablar contigo y no sé por qué no me apetece, me pareces muy chulito, muy aquí estoy yo, muy qué guapo soy y cómo me llevo a una titi a la cafetería con chasquear un dedito.

Vale, le dije, este café se está quedando frío.

Para poder tener una conversación medianamente normal con un tío bueno es necesario hacerle ver que tienes novio y que te has ido a tomar algo con él por matar el rato. Horacio no me lo perdonaría, vivir, quiero decir, porque dejé mi asiento y pasé a formar parte de los ignorantes sin sentido común que actúan sin pensar en las cuarenta y cinco mil doscientas causas posibles que explican por qué hacemos lo que hacemos. Así que, para relajar el ambiente, solté la palabra novio lo antes que pude, sin venir a cuento, porque eso nunca viene a cuento, creo que le dije algo así como "me encanta el sabor del café, y más en un tren, mi novio dice que tomo mucho café". La verdad es que me sentí estúpida, pero me divertía la situación. Es que cuando creo que me conozco, voy y lo estropeo, voy y hago algo que me deja descolocada. A mí me pasa igual, me dijo, me encanta el café en los trenes, por muy asqueroso que sepa.

- ¿Dónde vas?, me preguntó.
- A X ¿y tú?.
- También voy a X.
- Ajá.

Le di un sorbo al café y lo observé como quien mira un cuadro en un museo, y pensé que si pudiéramos hablar de lo que nos diera la gana y no de quiénes somos, si no fuéramos a o viniéramos de, entonces sólo existiría el café y nosotros y las vías y un tren y todo sería fácil, porque sólo podríamos hablar del color de nuestros ojos, de mi jersey de lana violeta, o de su pantalón de pana marrón, de nuestros lunares y nuestras manos y nuestros cuerpos (a lo mejor sólo hablarían los cuerpos) y poco más, del paisaje que vemos en este momento y no de aquellos que no volveremos a ver (por muy bonitos que fueron), de lo cómodos que son nuestros asientos; podríamos recordar cómo nos conocimos hace unos minutos, siendo ese momento el principio de la cinta y no seríamos capaces de revovinar más atrás, como solemos hacer, ingenuos, para recordar qué monedas nos deben y cuántas nos van a tener que pagar para que podamos comenzar a sonreír, no sentiríamos que el destino tiene que ser justo con nosotros y hacer, por lo tanto, justicia, tachando cruces que quedaron abiertas, cerrando paréntisis que quedaron sin cerrar, ayudándose de caras nuevas, de cuerpos por estrenar que nada tuvieron que ver con el desaguisado.